miércoles, enero 13, 2016

Guerreros de fin de semana

Tomo mis zapatos y mochila, y me deslizo a hurtadillas por la casa. Mientras, todos duermen en la mañana de domingo. Un ritual que realizo desde hace unos 2 años.
Algunos se cuestionarán cuál es el objetivo de levantarme en mi fin de semana más temprano que cuando trabajo. Diría que es el desafío que me impone mi bicicleta de montaña. Vehículo que me transforma en lo que llamo un guerrero de fin de semana. Y no digo que yo sea algo extraordinario, y menos un super hombre. Todo lo contrario, probablemente sea el  ciclista más lento y poco hábil. Sólo, me mueve la pasión y las ganas de ser más rápido que el que está durmiendo o está tirado en un sillón. Quizás sea un gen medio masoquista, el que nos mueve a tantos ciclistas de montaña.
Siempre los primeros kilómetros son difíciles, de rodar suave. A veces, el cansancio de la semana cobra lo suyo y la bicicleta pesa más que nunca. Y ya luego, viene esa guerra constante por seguir adelante, hasta la meta autoimpuesta. En ocasiones mis amigos ruedan tan rápido que dan ganas de tomarlos de la mochila y detenerlos. Pero, al mismo tiempo les agradezco el motivarme a ser mejor. A veces, las rutas son llenas de risas, de conversaciones. De desahogo con los más cercanos. En otras, es puro silencio sólo interrumpido por el crujir de las piedras bajo nuestras ruedas.

En otras preferimos la soledad y salimos solo acompañados de nuestra sombra y nuestra inseparable bici. En lo personal el silencio y el paisaje árido de mi entorno me hacen pensar y meditar. A veces, tonterías, a veces, profundidades. Pero al llegar a casa, la hormona de la felicidad ha hecho lo suyo en mi torrente sanguíneo y reconozco que soy inmensamente feliz. Debe ser como una adicción.
En otras oportunidades me cuestiono el por qué hacer esto. El por qué estar montado sobre una bici, tragando polvo, torturando mis piernas y mi espalda. Pero la culpa la tienen esas inevitables ganas de demostrar algo. ¿A quién? A nadie. Sólo a mí. Demostrarme que puedo. El desafío me llama cada fin de semana.
La bicicleta y en general los deportes de largo aliento. En mi mirada de guerrero de fin de semana, imponen un valor que hoy casi está extinto: La humildad. La humildad ante el mejor, ante la naturaleza que te desafía pero por sobre todo, el respeto por quienes son peor que tú o que van más lento. Porque la llegada de un guerrero a la meta, a veces es más valorable que aquel que entrena a diario. El esfuerzo es mayor y es precisamente en donde la bici te pregunta si tu voluntad de guerrero es tan fuerte para superar el dolor y el grito de tu cuerpo por detenerte a descansar.
En esta columna mis honores a los guerreros de fin de semana que veo en cada ruta. En cada calle, en una montaña o en un camino polvoriento.



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