viernes, diciembre 27, 2013

La espera

 


Hace varios días, diría meses que en mi cabeza escucho la palabra espera. Sí, aquella acción de aguardar por algo. Esperar. El concepto aparece de pronto, en medio de mi rutina de ejercicios, en medio de mi trabajo, en medio de mis momentos con la familia. Ahí aparece: Esperar.

¿Esperar qué?

Es que tanto ha resonado aquella palabra en mi cabeza que ya me doy cuenta del mensaje. La vida se me ha transformado y quizás la de muchos, en una constante espera. Como una sala… de espera, de un hospital o de un consultorio o del dentista.

Eso es, si lo pensamos con detención, la vida realmente se constituye de pequeñas esperas. Estaciones que finalmente constituyen tu paso por la vida. Puede sonar tan absurdo y básico mi intento por desentrañar el objetivo de mi propio cometido que necesitaba anotarlo y compartirlo. Comprendido o no. Da igual. La espera está ahí. Para todos.

En primer lugar, naces con todas las esperas aguardando. Ahí lo hacen por ti. Principalmente tu madre. Naces y esperan lo mejor de ti. ¿Qué será? Niño o niña. Las madres se refieren al embarazo como a “esa maravillosa espera”. Cuando hablan de ello lo hacen más evidente: “cuando estaba esperando a…”.

Luego, aprendes a caminar y esperan que vayas al colegio. Y ahí comienzas a esperar tú. Por una calificación, por ser promovido de curso o de grado.

Después, el amor. Esperas el ser correspondido. La adolescencia es una espera terrible. Por ser aceptado, Esperas ser tan guapa o guapo como tus amigas o amigos, que los granos desaparezcan. Esperas ser tan “cool”. Tus aficiones, tus gustos, esperan por ti. En eso se construye tu personalidad. Luego que tus padres te comprendan y esperas, ser independiente o que tus padres cambien. Según la relación que hayas vivido con ellos en esa sala de espera llamada, adolescencia. En fin.

Más tarde, aguardas por terminar tu carrera. Por construir tu vida, por un sueldo cada mes, por la casa propia, por terminar de pagarla, los hijos, esperas, esperas, esperas, esperas, esperas. ¿Para qué?

Año a año, día a día. Esperas no envejecer tanto. Tener a tus padres más contigo. Más tarde, los nietos y finalmente, y no en pocas ocasiones, he oído a los adultos mayores esperar la muerte. Aquel día en que las esperas culminan y ya has pasado todas las salas. Quizás se cansen de tantas estaciones, de las filas, del turno que cada uno ha jugado, de la elección de caminos, correctos o no. Triste. Aunque en algunas ocasiones son más afortunadas y felices, y esperan vivir más.

Cómo romper aquella maldita línea de esperas, salir del laberinto. Quizás la salida sea más simple. Sólo olvidar y dejar pasar… y no ser tan consciente del proceso. A eso le llaman “vivir la vida”. Lo curioso es que realmente odio esperar.

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