viernes, junio 07, 2013

Un día en mi vida como bibliobusero chileno

Mi nombre es Rodrigo Araya Elorza, soy periodista de profesión y llevo más de 10 años a cargo del bibliomóvil “Dibamóvil” en la Región de Coquimbo, Chile. Cada vez que cuento que tengo casi una década bibliobuseando me impresiono a mí mismo y al mismo tiempo, me lleva inevitablemente a recordar aquel primer día en que mi compañero y conductor del móvil José Juliá, me consultó por cuánto tiempo pensaba mantenerme en ese trabajo. Y yo (aún con la nostalgia del trabajo periodístico) contesté que quizás 2 o 3 años. Pues ha resultado todo lo contrario, porque la experiencia de 3 años terminó siendo mi ejercicio periodístico formal y el resto de dedicación y esfuerzo al bibliomóvil.
Debo reconocer que mi corazón de trabajador está dividido entre el bibliobús y el periodismo y así ambas profesiones, me han transformado en una especie de confesor de los problemas y alegrías de mis usuarios. Muchos de ellos, más que usuarios amigos de la magia del bibliobús y que ahora en esta breve bitácora me permitirá mágicamente compartir con ustedes un día de mi rutina.
Mi día arranca a las 07:15 de la mañana cuando el televisor se enciende con un chirrido (puesto que no he logrado programar la función de despertador para que coincida con la televisión satelital). Una vez despertado con este sonido desagradable. Ya escucho algo agradable que es la voz de Telma mi pareja, que me dice buenos días y me recuerda que bajará al segundo piso de la casa para encender el calefón, para una ducha caliente. Apenas Telma baja las escaleras aparece Sebastián mi hijo de 7 años que se mete a la cama mientras me levanto para ir a la ducha. Pasados unos minutos del ritual de ducha y vestirse, Sebastián ya está listo con su ropa de colegio gracias a la dedicación y amor de Telma. Ambos, Sebastián y yo partimos caminando hacia el colegio. Minutos que disfruto mucho y que la gran parte del tiempo se caracteriza por sus preguntas curiosas sobre el funcionamiento de distintas cosas y en otras ocasiones, para repasar alguna materia que será sometida a prueba en su colegio. Lo dejo antes de las 8 AM y regreso a casa para tomar desayuno junto a Telma y compartir mientras vemos el matinal en la televisión.
Ya son las 8:45 y enciendo el automóvil para llegar antes de las 9 al Museo del Limarí en la ciudad de Ovalle, que es la sede coordinadora de nuestro bibliomóvil. Firmo la entrada a trabajar y saludo a mis demás compañeros de trabajo del Museo. En eso llega José Antonio mi compañero que enciende el motor de nuestro bibliomóvil para ir al punto de atención de turno. Mientras se calienta el motor, yo aprovecho de anunciar en las cuentas de Facebook y Twitter del bibliobús la atención del día.
Dentro de los 17 puntos de atención que debemos hacer en el mes, hay algunos que llegar a ellos nos toma pocos minutos, porque son dentro de la ciudad y otros nos demoran horas, puesto que son en otras comunas, principalmente en pueblos rurales.
Una vez que llegamos con el bibliobús inmediatamente abro la puerta de acceso al bibliomóvil y José Antonio toma los cables que nos conectan a la energía eléctrica que hace funcionar la amplificación, televisores, computador y aire acondicionado del vehículo. Ya ejecutada aquella tarea, comienzo a bajar los parlantes que transmitirán el sonido del bibliomóvil y que sirve para comunicar nuestra llegada al pueblo, con los programas educativos que transmitimos en los monitores externo e interno. Colocamos las sillas afuera del vehículo y que permitirán sentarse a quien desee ver el programa exhibido. Hecho eso, me subo al techo del camión para bajar los perfiles metálicos que soportarán el toldo de 36 metros cuadrados y que protegerá del sol a nuestros lectores. Finalizada esa tarea, comenzamos mi compañero y yo a colocar en las bases del toldo la exposición con contenidos educativos (que yo mismo he desarrollado en meses anteriores en su guión y dirección artística) que verán quienes pasen cerca de nuestra instalación.
Y ya son las 10 am aproximadamente y tenemos el computador encendido y todo en orden para atender a los lectores que nos visitarán. Desde ese momento, y hasta las 13 horas atendemos y oímos a los usuarios mientras consultan los libros que se llevarán a casa hasta nuestro retorno al mismo punto de atención en un mes más.
Ya han pasado 3 horas de atención y el reloj marca las 13 horas. Hora del almuerzo y con mi compañero nos turnamos para almorzar. Así el bibliomóvil nunca está cerrado. En ocasiones cuando estamos lejos de casa. Me acomodo en la cabina del móvil con mi almuerzo llevado de casa o sencillamente voy a comer a algún lugar donde me vendan algo, si es que el pueblo lo tiene.
Ya son más o menos las 15 horas y siguen entrando y saliendo distintas personas algunos son usuarios inscritos en el bibliomóvil por años, con los que converso mientras eligen el libro o son usuarios nuevos, que comenzamos a tratar de encantar con la lectura. Algunos vienen a preguntar por un libro que tiene que leer su hijo en el colegio. Ahí es cuando entramos en acción (con nuestra mejor actitud de convencimiento) con mi compañero y les decimos que se inscriban y que es gratis y que también pueden leer ellos. Muchas veces, la excusa para no leer es: “Es que no tengo tiempo”. Le explicamos que si ella-muchas veces los usuarios son mujeres dueña de casa- no se da el tiempo, no será un ejemplo para incentivar a su hijo a leer. Ahí los vamos convenciendo, a veces con mucho éxito y en otras no.
Otros usuarios llegan y nos preguntan por un libro en especial. Recuerdo, que en una población en riesgo social en la ciudad de Ovalle. Apareció una señora de edad. Me dijo que quería leer el libro “Un hijo no puede morir” de la autora chilena, Susana Roccatagliata. Que reúne experiencias de madres que han visto morir a sus hijos. Me comentó que había perdido a su hijo de sólo 25 años. Y que en esos días, se cumplían 3 años de su fallecimiento y que por eso quería volver a leerlo, pues aquellas experiencias le daban fuerzas para continuar con su vida y su duelo. Sus ojos se le llenaron de lágrimas y la escuché atentamente al tiempo en que le daba palabras de aliento, explicándole que su hijo no estaría feliz de verla tan triste y que debe intentar reponerse. Me comenta que los psicólogos le han recomendado lo mismo, pero que la lectura de esas experiencias reunidas en el libro, siempre le dan fuerzas para superar aquella fecha tan triste. Así pasaron varios minutos de conversación mientras registraba el préstamo del libro. Recuerdo que se fue abrazando el libro y feliz.
Y así pasan las horas, no faltan los borrachitos, ancianos distraídos buscando una clínica móvil para vacunarse contra la influenza, los enfermos mentales que consultan por cosas insólitas, o aquellos que creen que vendemos libros y también están los lectores cariñosos que nos llevan frutas de regalo, sobretodo en zonas rurales. Es más o menos la rutina en casi todos los puntos de préstamo que tenemos.
Llegan las 17 horas y comenzamos a guardar todo para el viaje. No faltan los usuarios que aparecen a última hora y les prestamos un libro mientras desarmamos la exposición e instalación externa. Nos despedimos y retomamos la ruta de regreso a nuestras casas cuando faltan minutos para las 18 horas. En ocasiones llegamos a la hora de salida exacta, en otras nos pasamos de tiempo.
Cuando todo resulta bien, llego a casa a eso de las 18:30 y recibo el saludo de mi pequeño y de Telma que me consulta cómo estuvo el día. Tomamos el té y comienzo a preguntar a Sebastián cómo le fue en su jornada escolar. Siempre me cuenta de sus juegos o de las travesuras de sus compañeros más inquietos. A eso de las 19:30 horas, luego de un respiro, inicio mi rutina de ejercicios por una hora. Al mismo tiempo en que escucho música. Minutos que reservo sólo para mi y que me relajan y me llenan de energía para terminar el día. Luego veo algo de las noticias en la televisión y después veo una película y me duermo inevitablemente a eso de las 23:30 horas. Y hasta mañana para retomar el camino.




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