martes, noviembre 11, 2008

Creando arte corralero por más de cuatro décadas



La semana pasada se celebró el día de la artesanía chilena y decidimos conversar con uno de los pioneros en el arte de la talabartería en Ovalle: el llamado huaso Alfaro. Quien nos cuenta sobre el difícil momento que vive éste arte tradicional chileno y que hoy parece extinguirse bajo el avance de los artículos importados, y la desaparición del campesino tradicional.

Texto y fotografía: Rodrigo Araya Elorza


En las ciudades y pueblos de la provincia de Limarí aún subsisten algunos oficios tradicionales que se niegan a morir ante el avance de los productos importados y la modernidad. Es el caso de la talabartería, una labor típica que se vincula con la actividad del huaso chileno. Hoy, como cuenta nuestro entrevistado, los huasos andan montados sobre motos y camionetas, y muy pocos utilizan el caballo para recorrer los campos.
En la ciudad de Ovalle descubrimos a uno de los primeros talabarteros que llegaron hace unos 40 años en busca de más clientes para su arte.
Orlando Alfaro Ángel, conocido como “el huaso”, me recibió en su taller ubicado en la esquina de calle Independencia con Santiago. Quien a juicio de varios corraleros locales, es uno de los mejores representantes del casi extinto arte de la talabartería en la provincia.
“Yo soy nacido y criado en la comuna de Río Hurtado y me llamaban el huaso porque me gustaba… y me gustan mucho los caballos y el rodeo. A raíz de eso empecé a hacer monturas para mí, y por eso me inicié en este trabajo”.

PASADO Y PRESENTE

Don Orlando nos explica que a los 15 años comenzó a desarrollar su labor como talabartero. “Se puede decir que yo hacía las cosas por gusto, y con calidad, y por esa razón manejo todo lo que involucra el ramo de la talabartería. Por decirle un ejemplo, la montura chilena, la hago completa: Yo fabrico, el armado, los estribos, las cinchas y todo lo que comprende las partes de una montura y todo hecho con mis propias manos”.
Alfaro nos explica que nunca ha trabajado con “secretarios” como se llama a los asistentes en la jerga talabartera.







“Siempre fui independiente y no me gustaron nunca las sociedades y poco use los secretarios, porque no me gustaba andar enseñando y como yo no tuve profesores tampoco lo fui. No es por egoísmo, es más bien por comodidad”.
Al comienzo Orlando nos cuenta que trabajaba en la comuna de Río Hurtado, de donde es originario, haciendo las labores del campo y también perfeccionando su arte. Pero una vez que se casó, se vino a Ovalle como una manera de captar más clientes y de formar su familia. “Al llegar a Ovalle comencé a trabajar más en monturas y a venderle a los compradores que habían acá en la ciudad”.
“Actualmente esta profesión está quedando obsoleta porque las cosas han cambiando mucho. Y usted sabe que para esta profesión hay que tener agricultores que le compren sus productos y lo cierto es que quedan muy pocos, lo que pasa es que ahora hay una agricultura pero más grande y ellos andan en camionetas y en su predio usan una moto para movilizarse, y el caballo ya no se usa. Escasamente se utiliza como para un deporte y ni eso, por la sencilla razón que mantener un caballo es casi más caro que tener un auto”, aclaró con énfasis.
Según nuestro entrevistado en la tarea de confeccionar una montura se tardaba unos 15 días dedicado todo el día a este propósito; pero las cosas han cambiado.
“Hoy me demoro unos 30 días porque ya no se trabaja como antes, es más lento. En cambio en los tiempos mejores, había que hacerle harto cototo”.

LADRONES DE
MONTURAS

Dentro de los muchos incidentes que recuerda nuestro entrevistado y que se relacionan con su labor, cuenta la ocasión en que se encontraba trabajando en su taller y como era su tradición, recibiendo a quien quisiera conversar con él y ver su trabajo. Un día llegaron unos jóvenes, los atendió y respondió sus consultas. “Pero al rato se fueron”, dice. En eso, sale a tomar aire a fuera de su taller cuando una vecina le consultó:
“¿Don Orlando usted vendió una montura?. No, le contestó. Le pregunto porque Iban unos jóvenes caminando con una montura por calle Carmen.”
“Me habían robado una montura terminada y no me di ni cuenta. Así que los dejé. ¿Para qué los iba a denunciar?. Si total ya se la habían llevado y tuve que comenzar a hacer otra. De ahí que coloco en la puerta de mi taller una tabla que evita que ingresen extraños con facilidad”.

UN PIONERO
EN OVALLE

En la voz de Orlando, siempre los talabarteros han sido escasos. Aunque recalca que antes había mucho trabajo y se competía sanamente por entregar el mejor producto.
De acuerdo a Alfaro, algunos de los talabarteros que hay en Ovalle son buenos y según su parecer, porque han sido de alguna manera aprendices de sus creaciones.
“Es el caso de la talabartería El huasito (de calle Libertad). El dueño llegó a la ciudad y yo le comencé a entregar trabajos que yo no hacía por falta de tiempo, costuras y otras cosas, y como ellos no tenían mucho trabajo empezaron a desarrollarse. Precisamente hace algunos días atrás conversamos sobre el tema y se puede decir que ellos copiaron las plantillas que yo hacía y de ahí en adelante se empezaron a perfeccionar”.
El trabajo de la talabartería involucra a otras artes, entre ellas el tallado en madera. Orgulloso Don Orlando nos muestra el único estribo que le queda de aquellos que creaba para las innumerables monturas que vendió en estas 4 décadas de arte.
“La madera que se usa para hacer estribos es el nogal y el naranjo. Ahora ya no los hago más porque la madera hay que desaguarla para evitar que se parta. Y aquí en la ciudad eso no se puede hacer porque se requiere de aguas corrientes y si voy a dejarlas al río, se las roban”.
Los zapatos de huaso también fueron piezas creadas por sus manos. “Yo también hacía botines de huaso. Hacía cada pieza y luego las enviaba a un zapatero para que los armara”.
“Ahora se venden muy pocos productos. Antes se vendían bastante las correas cintureras y actualmente ya no, porque hay que empezar a competir con las que llegan de afuera a bajo costo, porque son sintéticas. En cuanto a los corraleros quienes podrían preferir este tipo de artículos de cuero, diría que quedan pocos y los que hay son gente de plata y la mayoría compra en el sur”.
En la ciudad habría cerca de 3 talabarteros tradicionales y que hacen piezas a mano como las que Orlando confeccionó en estos años. Herederos directos de su labor no hubo ninguno y sólo él siguió la herencia de su padre, quien era zapatero en su natal comuna de Río Hurtado.
Todo parece indicar que las camionetas y motos hoy han reemplazado al fiel caballo, y con ello, a algunos oficios que viven de esta actividad. Al parecer el trabajo de los artesanos de calidad como Don Orlando, herederos del patrimonio limarino y representantes del campo chileno, se extinguen con el avance y los cambios propios del siglo veintiuno. Mientras, el huaso Alfaro seguirá hasta que Dios le de fuerzas, con sus experimentadas manos creando en su taller verdaderas joyas de artesanía, en donde se confeccionan las últimas piezas de un pasado que se niega a morir.

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