jueves, octubre 23, 2008

Trabajar y vivir con la muerte

Cementerio de Mialqui, Monte Patria



Texto y fotografía: Rodrigo Araya Elorza

Hay un dicho popular que reza, “nadie tiene la vida comprada”. No obstante, en nuestra sociedad existen un grupo de personas que, aunque suene a contradicción vital, viven de la muerte. Es el caso de hombres y mujeres que día a día se levantan para servir a los muertos; y no se trata de una secta o algo parecido, son quienes realizan diferentes servicios que todos en algún minuto de la vida o más bien de la muerte, recibiremos.
Grabadora y cámara fotográfica en mano nos dirigimos hasta estos personajes que se desempeñan en oficios que a muchos darían escalofríos.

“ME CRIE EN UNA FUNERARIA”

Veinte años dedicados a trabajar en una funeraria tiene, Eduardo Veliz, quien reconoce que este rubro siempre ha estado presente en su vida, ya que su padre tuvo una funeraria.
“Mi vinculación con el mundo de las funerarias es por decirlo de algún modo, heredada. Yo prácticamente nací en una funeraria porque mi padre tenía una en Vicuña, mi ciudad natal. Por lo tanto, no es una cosa desconocida ya que desde niño me vi rodeado por este mundo”, aclaró.
Una de las funciones que hace Veliz es maquillar a quienes han dejado de existir. Le consultamos: ¿Cómo es ese procedimiento?
“Es una labor que he aprendido en el camino, porque naturalmente las personas cuando mueren quedan pálidas y demacradas. Nosotros lo que hacemos es darles una imagen mas agradable y como ellos desearían que los vieran. Entonces ya sean hombres o mujeres se les da algo de color, y de alguna manera se les hace un retoque. Se les afeita, peina y maquilla”.
Sobre este singular oficio dice don Eduardo, siempre fue blanco de bromas macabras. Pero él lo ha tomado con respeto y dignidad. Aunque constantemente está la curiosidad de sus conocidos y amigos.
“Uno trata de hacer las cosas respetuosamente porque uno no puede jugar con el dolor de las personas y si alguien me pregunta detalles de mi trabajo, trato siempre de contar como son realmente todas las labores que uno realiza, porque en torno a este tipo de trabajos hay muchos mitos que cuenta la gente”, aclaró.




DERRIBANDO MITOS

En la opinión de Veliz uno de los mitos más arraigados en la creencia popular está el hecho de que a los difuntos se les rompen los miembros para introducirlos a una urna.
“Eso es una leyenda. A veces uno llega a una casa y lo primero que preguntan es si al fallecido le vamos a romper los huesos. Uno nunca fractura los miembros de los difuntos, sólo se busca la manera de introducirlos al cajón y si no entra, se busca una urna de mayor tamaño pero jamás se rompen huesos. Eso es mito”.
El otro mito que está muy presente en las mentes de las personas es que los fallecidos crecen.
“Ese es otro cuento que la gente cree. Lo que ocurre dice es que en ocasiones los pies quedan en punta y eso hace que no quepa en una urna que correspondería a la estatura del muertito. Pero no es que crezca. Es imposible”.
Prácticamente, dice nuestro entrevistado, sus ojos lo han visto todo en veinte años de trabajo.
“Acá en Ovalle no tenemos un Servicio Médico Legal y debemos muchas veces hacer una labor que no nos corresponde y que involucra el retirar los cuerpos en donde sucede una desgracia. Vale decir, suicidios, accidentes y otros sucesos. Entonces, luego que las policías y autoridades hacen sus peritajes de la escena, nosotros lo llevamos a la morgue donde se hace la autopsia”.
Continuando en la escabrosa conversación Veliz nos explica que no cualquier persona puede trabajar en una funeraria porque en algunas ocasiones han llegado novatos a desempeñar el oficio y no han aguantado por mucho tiempo las exigencias de la labor.

SENSIBLES AL DOLOR

A diferencia de lo que la mayoría podría pensar, el trabajador nos confidencia que aún cuando tiene muchos años de experiencia nunca se pierde la sensibilidad al dolor ajeno.
“Nosotros igual somos personas y uno tiende a involucrarse más con el dolor de los demás y la única diferencia es que no lo podemos demostrar porque en el trabajo uno debe ser mas bien frío. Es un trabajo como cualquiera aunque no todos tienen la capacidad para hacerlo”. Por estos días por ejemplo se ha conmocionado con el accidente ocurrido en el norte donde murieron 9 estudiantes secundarios.
“Uno no deja de conmocionarse por estas noticias como la sucedida con las niñitas en el norte y también con los asesinatos y las muertes de niños. A veces uno se impacta mucho porque de cualquier manera a todos nos va a tocar. Y la vida hay que vivirla día a día”.

GUARDIA EN EL
CEMENTERIO

Continuando con la búsqueda de quienes viven rodeados por el mundo de la muerte. Encontramos a otro personaje que nos sorprendió con lo que ha visto en el ejercicio de su oficio. Se trata de Sergio Guzmán Maluenda, quien se desempeña desde hace 15 años en la labor de resguardar de noche y de día el descanso de los que ya han partido.
“Yo en el cementerio municipal de Ovalle realizo los turnos de noche y de tarde. La mayoría de la gente dice que nunca trabajaría en el cementerio. Pero a mi me ofrecieron esta pega y entré”.
“Aún recuerdo mi primer día. Normalmente se hacen turnos nocturnos con dos funcionarios pero a mí por ser primerizo me dejaron solo y la experiencia fue bien terrible, pero con el tiempo uno se acostumbra. De primero me daban miedo los muertos y pensaba que me tocarían la espalda cuando caminaba por los pasillos del cementerio pero como dije antes, con el transcurrir de los años uno se adapta y ahora no le tengo nada de miedo a los muertos y fíjese que le tengo más temor a los vivos”.
Según el guardia, alguna de las situaciones que ha vivido en sus turnos nocturnos han sido siempre fruto de algún hecho que tiene explicación racional.
“En una ocasión me encontraba con mi compañero haciendo el turno de noche y al pasar por un nicho escuchamos un ronquido muy fuerte. Caminamos un poco más y le pregunté: ¿Escuchó eso compadre?”
“El me dijo que había oído ese ronquido y nos devolvimos al sitio donde lo habíamos escuchado. Esperamos un rato y de pronto apareció nuevamente el sonido ronco. Asustados empezamos a buscar el origen del sonido y de entremedio de las flores encontramos una tarjeta musical. Lo que pasa es que durante el día las pilas se recargan con el sol y la poca energía que acumulan, les alcanza para hacer un ruido muy leve, que asemeja al de un ronquido, y eso fue todo. Imagínese si no hubiéramos investigado y nos habríamos quedado con eso de que nos penaron. Otro sería el cuento”.


SEXO Y ALCOHOL
EN EL CEMENTERIO

De acuerdo al guardia todo lo que ocurre de noche en un cementerio tiene una explicación razonable y en los 15 años de servicios en este lugar, jamás ha tenido un problema con los muertos o alguna experiencia sobrenatural. Todo lo contrario, la mayoría de los problemas han sido sólo con los vivos.
“Acá me encuentran valiente por la función que hago en el cementerio dada la presencia de las tumbas, pero en realidad el problema son los vivos que se meten durante las noches. Incluso la gente dice que hay una viuda negra que se sube a los colectivos y se baja en el cementerio pero, son puros cuentos nada más. Nosotros nunca hemos visto nada”.
Los fines de semana son de temer en el cementerio, dice Guzmán, y precisamente por los vivos quienes ocupan este particular escenario para beber y hacer cosas de vivos, como él dice.
“Durante los fines de semana los jóvenes se ponen a tomar o se drogan y bajo esos efectos hacen destrozos, como romper los vidrios de los mausoleos. Esto viene porque no se puede beber en la vía pública y lo mejor según ellos es tomar acá adentro, porque los Carabineros no patrullan por dentro del cementerio y ahí se transforma en el mejor escondite pero, estamos nosotros que constantemente los estamos echando”.
Dentro de las cosas de vivos que hacen algunos está el venir a tener sexo en el cementerio. “Yo mismo una vez sorprendí a una pareja que estaba teniendo relaciones sexuales sobre una tumba. No me quedó otra que interrumpirlos… (risas). Eso usualmente sucede pasada las 12 de la noche”.

REDUCIR SEPULTURAS:
UNA TAREA PARA VALIENTES

Otro de los que habla con propiedad de este tipo de rubros cercanos a la muerte es Tomás Rojas Egaña, auxiliar de servicios menores en el Cementerio de Ovalle, una tarea que involucra: asear el camposanto, sepultar y hacer reducciones.
“Yo llegue a esta actividad buscando un trabajo seguro. Aunque a muchos les da miedo ingresar al cementerio”, aclaró.
Lo que es más complejo en su función dice, no es sepultar. Sino mas bien el realizar los llamados traslados y reducciones. Actividades que involucran retirar los cuerpos de sus sepulturas y colocarlos en sitios más pequeños o cambiarlos a otras ubicaciones.
“En esas tareas hay que ser muy fuerte del estómago porque incluso uno que está acostumbrado a veces no aguanta. En el caso de los huesos no hay problema porque uno se acostumbra. En cambio a los olores uno nunca se termina de adaptar”.
También recuerda los casos de funcionarios que no han aguantado el rigor de esta ardua tarea y no apta para quienes son de estómagos débiles, como él explica.
“Imagínese que han llegado personas a trabajar acá y les han tocado trabajos de reducción y no aguantan nada, lueguito están devolviéndolo todo y abandonando el trabajo. Es que no es fácil”.
Al hablar de lo que ha aprendido en esta labor tan cercana a la muerte nos dice con convicción.
“Siempre hay un aprendizaje, sobre todo en las primeras veces que hice reducciones. Ahí uno lo toma con la curiosidad de ver cómo es el cuerpo humano y la verdad es que somos todos iguales”.
Sobre los mitos que rodean a los muertos nos menciona que siempre se ha dicho que las uñas y pelos crecen después de fallecidos, ante lo cual es tajante:
“Eso es mentira y uno lo comprueba cuando debe abrir ataúdes, si hay algún finadito con cabello largo es porque la persona falleció así y no hay más que decir, lo mismo con las uñas. Eso es totalmente falso”.
Entre las cosas curiosas que ha visto Tomás en las llamadas reducciones están: las dentaduras de algunos finados las cuales están impecables y el otro detalle que también le ha llamado la atención, son los cuerpos que luego de varios años de sepultados quedan intactos.
“En una ocasión teníamos que hacer una reducción a una persona que falleció de cáncer y fíjese que nos sorprendió el estado de conservación del cuerpo. Estaba como momificado. Así que lo dejamos completo. Imagino que debe ser por los medicamentos recibidos”.
Las otras cosas que quedan intactas son las medias de las mujeres. “Esas duran muchos años al igual que las ropas”, dijo. Otro detallito que nos menciona son los implantes u operaciones, artefactos médicos que también sortean el paso del tiempo y quedan junto a los huesos, como un recuerdo de la vida pasada de sus propietarios.
Dejamos el cementerio en la oscuridad de la noche ovallina y tras las entrevistas realizadas a estos hombres que viven de la muerte, nos queda la sensación de haber dialogado con personas que aprecian la vida más que ninguna otra, ya que comprueban que la vida es un regalo que se debe disfrutar pues, en su oficio han internalizado que la muerte está a la vuelta de la esquina, segundo tras segundo.




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