miércoles, enero 13, 2016

Guerreros de fin de semana

Tomo mis zapatos y mochila, y me deslizo a hurtadillas por la casa. Mientras, todos duermen en la mañana de domingo. Un ritual que realizo desde hace unos 2 años.
Algunos se cuestionarán cuál es el objetivo de levantarme en mi fin de semana más temprano que cuando trabajo. Diría que es el desafío que me impone mi bicicleta de montaña. Vehículo que me transforma en lo que llamo un guerrero de fin de semana. Y no digo que yo sea algo extraordinario, y menos un super hombre. Todo lo contrario, probablemente sea el  ciclista más lento y poco hábil. Sólo, me mueve la pasión y las ganas de ser más rápido que el que está durmiendo o está tirado en un sillón. Quizás sea un gen medio masoquista, el que nos mueve a tantos ciclistas de montaña.
Siempre los primeros kilómetros son difíciles, de rodar suave. A veces, el cansancio de la semana cobra lo suyo y la bicicleta pesa más que nunca. Y ya luego, viene esa guerra constante por seguir adelante, hasta la meta autoimpuesta. En ocasiones mis amigos ruedan tan rápido que dan ganas de tomarlos de la mochila y detenerlos. Pero, al mismo tiempo les agradezco el motivarme a ser mejor. A veces, las rutas son llenas de risas, de conversaciones. De desahogo con los más cercanos. En otras, es puro silencio sólo interrumpido por el crujir de las piedras bajo nuestras ruedas.

En otras preferimos la soledad y salimos solo acompañados de nuestra sombra y nuestra inseparable bici. En lo personal el silencio y el paisaje árido de mi entorno me hacen pensar y meditar. A veces, tonterías, a veces, profundidades. Pero al llegar a casa, la hormona de la felicidad ha hecho lo suyo en mi torrente sanguíneo y reconozco que soy inmensamente feliz. Debe ser como una adicción.
En otras oportunidades me cuestiono el por qué hacer esto. El por qué estar montado sobre una bici, tragando polvo, torturando mis piernas y mi espalda. Pero la culpa la tienen esas inevitables ganas de demostrar algo. ¿A quién? A nadie. Sólo a mí. Demostrarme que puedo. El desafío me llama cada fin de semana.
La bicicleta y en general los deportes de largo aliento. En mi mirada de guerrero de fin de semana, imponen un valor que hoy casi está extinto: La humildad. La humildad ante el mejor, ante la naturaleza que te desafía pero por sobre todo, el respeto por quienes son peor que tú o que van más lento. Porque la llegada de un guerrero a la meta, a veces es más valorable que aquel que entrena a diario. El esfuerzo es mayor y es precisamente en donde la bici te pregunta si tu voluntad de guerrero es tan fuerte para superar el dolor y el grito de tu cuerpo por detenerte a descansar.
En esta columna mis honores a los guerreros de fin de semana que veo en cada ruta. En cada calle, en una montaña o en un camino polvoriento.



jueves, febrero 12, 2015

Experiencia: Mi primera vez en una playa nudista en Chile

Esta fue una de esas experiencias que estaba en la lista de mis cosas por hacer en la vida. Tras varios años de buscar la oportunidad de cumplirla, al fin el 2015 ha sido el año en que se hizo realidad. Conducí  unos 300 kilómetros desde mi ciudad natal junto a mi familia para llegar a la comuna de Puchuncaví, en el balneario de Horcón, donde se encuentra la única playa naturista o nudista de Chile.
Esta idea de hacer nudismo me viene desde hace muchos años. Precisamente cuando visitó Santiago el famoso fotógrafo Spencer Tunick y unos 4 mil chilenos se desnudaron para su lente. En esa ocasión me arrepentí mucho el no poder asistir a esa actividad. Desde ese momento comencé a indagar sobre el mundo nudista, hasta que descubrí unos años después la famosa Playa Luna. Muchas veces tuve tantas ganas de ir y la verdad, la idea no le convencía a mi pareja, hasta que por fin, logré convencerla.
A penas llegué a Puchuncaví nos dirigimos a Horcón donde encontramos alojamiento. Pero como nada es perfecto, para mi mala fortuna en esos días de enero el clima en gran parte de Chile fue de días nublados en pleno verano. Me preguntaba:¿Por qué a mí? Sin embargo, no tenía muchas opciones pues estaría sólo 2 días en ese sector. Más bien, uno. Pues llegamos en la tarde del miércoles 21 de enero y al día siguiente partía de Horcón para conocer otros lugares que le atraían más al resto de mi familia. Tras investigar en días previos, supe que la playa Luna estaba a casi una hora de caminata desde la caleta. Lo que claramente era incompatible con nuestra pequeña hija de 1 año y peor aún, a mi hijo de 8 años tras explicarle en casa como era esa playa especial, nos dijo que no le gustaría ir. Por ende, no tendría más opción que ir solo pues mi pareja debió quedarse en la cabaña con mi pequeña y mi hijo.

INICIANDO EL CAMINO
Caminando por la playa larga

A pesar de todos los factores en contra, esta vez no podía dejar pasar la ocasión y al día siguiente intentaría ir sí o sí a Playa Luna. Lamentablemente el maldito clima no mejoró. Otra vez nublado. Esperé hasta las 11 de la mañana y nada, no se despejaba para vivir mi día nudista perfecto. De tal manera, que no vi otra que ir solo y con un clima desfavorable. Inicié una caminata muy rápida desde el lugar donde me alojaba y en el camino consulté  a una persona que pescaba en el sector “playa larga” sobre la ubicación exacta y me explicó que Playa Luna estaba al final. Por lo que continué la caminata con energía y entusiasmo. De pronto y tras varios minutos, ya vi el letrero que indicaba que ahí comenzaba la zona naturista.
Mi corazón estaba palpitando muy fuerte, tanto por la caminata, como por el entusiasmo de “conseguir” vivir la experiencia que tanto busqué. Caminé tranquilamente y claro, considerando el clima solo había un visitante más en la playa. Se veía que era un hombre joven. Estaba tan desierta que por segundos dudé si efectivamente era la playa correcta jajaja a pesar del letrero que había visto previamente. Observé nuevamente al joven que retozaba en la playa y confirmé que estaba en el lugar correcto, él estaba vestido sólo con una camisa de jeans y para abajo sin ropa.

AL DESNUDO
El letrero que indica el inicio de Playa Luna

Siguiendo el ejemplo del desconocido, comencé a sacarme la ropa guiándome por la sugerencia que alguna vez leí en internet sobre “Qué hacer en la primera visita a una playa nudista”. Primero, sacarse la ropa que cubre la parte inferior del cuerpo (zapatos, shorts y ropa interior). Comencé por las zapatillas que a todo esto, estaban mojadas por un pequeño accidente en las rocas. En fin. Luego, calcetines, short y finalmente, los boxers. Y ya. Estaba semi desnudo sintiendo el viento y la naturaleza. Luego, de esa primera etapa me quedé un rato recostado sobre la toalla que previamente había puesto y disfruté el momento. Estaba en eso, cuando de pronto veo otra figura que se acercaba a lo lejos. Se notaba que era otro hombre que venía con una gran mochila en su espalda. De pronto me dio la impresión que venía con un traje de buzo. Esa fue la primera impresión. Llevaba sus zapatos en las manos y la gran mochila atada a su cuerpo. Tras acercarse, descubrí que era un hombre mayor. Unos setenta años. Cabeza cana y lentes ópticos. Lo que parecía un traje de buzo era nada menos y nada más que su cuerpo al desnudo, muy bronceado y sin marcas. Claramente un nudista experimentado que llevaba varios días asistiendo al lugar. Pasó frente a mí y para mi sorpresa y con mucha amabilidad me dijo algo. No escuché. Por lo que le consulté por lo que había dicho y repitió: “Que hoy nos falló el sol”. “Ah sí, claro nos falló el clima”, respondí con la mejor de las actitudes, como cuando uno saluda a alguien que comparte alguna afición en común. En ese caso: el nudismo o naturismo.
Debo confesar que cuando pasó el señor mayor totalmente desnudo y con tanta naturalidad fue cuando me dije que ya era el momento de quitarme la polera. Me la quité y fue maravilloso. Espectacular. Nada que decir. El estar desnudo en una playa sin mayores temores, es lo mejor que hay. Jamás había experimentado esa sensación de libertad, tranquilidad y alegría. Fue tanto así que me levanté de la toalla y me puse de pie. A modo de comentario “Freak”, pese a toda la mentalización e indicaciones que había leído sobre lo que no debía suceder, o más bien, lo que no era políticamente aceptable en una playa nudista. Mi cuerpo reaccionó de la manera contraria y una parte de mi cuerpo también se levantó. Evidentemente mi humanidad no se comportó como cuando estoy desnudo en casa. Quizás la falta de costumbre de estar sin ropa al aire libre pudo jugarme en contra. Probablemente eso le pase a todos los novatos. Pero la verdad no me importó nada y me animé a caminar con calma hasta la orilla del mar.

BIENVENIDA DEL MAR
Playa Luna

Aprovechando el calor que me había provocado la intensa caminata (que en mi caso fueron 39 minutos exactos desde la caleta) pretendía mojarme sólo hasta la cintura y me metí al agua con gorro, cuidando mi calva de quemarse por la brisa. Pero el bello mar de Horcón me dijo otra cosa. De pronto y sin darme cuenta, una ola me mojó de pies a cabeza. Fue como divertido. El mar me dio una afectuosa bienvenida y sin buscarlo y sin mayores preparaciones ya estaba totalmente mojado y desnudo por primera vez en el mar. Como ya estaba completamente bañado. Me saqué el jockey mojado y lo fui a dejar con toda dignidad donde estaban mis cosas. Probablemente los otros dos hombres que estaban en la playa se debieron reír bastante.
 Nuevamente me metí al agua experimentando y sintiendo el aire y las olas en cada parte de mi cuerpo. Me dieron unas ganas de correr o saltar por la orilla, pero me contuve. La verdad fue muy especial y por segundos me sentí nuevamente un niño. Me mojé mucho, iba contra las olas una y otra vez y a pesar de ser un día nublado el agua no estaba fría, todo lo contrario, era muy agradable. Por lo que me bañé varios minutos. Luego me salí disfrutando cada paso por la arena y el viento. Estuve de pie al costado de la toalla secándome y sintiendo cada brisa marina y escuchando el sonido de las aves. Fue una linda experiencia.

REGISTRANDO EL MOMENTO


De pronto el joven que estaba distante unos 50 metros de mi y vestido sólo con la camisa se acercó por la orilla caminando. Ya había planeado que si llegaba a playa Luna pediría a alguien que me retratara para registrar ese momento. Venciendo mi tradicional timidez, a conversar con facilidad con extraños, le hice el gesto de que se acercara. Y le dije: “¿Te puedo pedir un favor?¿ Me tomarías una foto?” y él con cierta calma me miró y antes que dudara, le expliqué: “Es para registrar el momento, vengo de lejos y quiero tener un recuerdo de esta vivencia”. “Sí claro, me dijo”. Le di las instrucciones para tomar la foto con mi cámara y listo. Posé frente al joven y ya tenía el registro de ese maravilloso momento. No me erguí completamente, por cierta sensación de vergüenza. Fue extraño. En fin, y tomó la primera imagen. Hice el gesto para acercarme a él y me dice: “¿Te tomo otra?”. Claro le dije. Y tomó la segunda imagen. Por tercera vez hice el gesto de acercarme y dice: “Te tomo una de más cerca” y ahí le dije: “No, muchas gracias. Creo que con esas deben estar bien”. Me mostró las imágenes buscando mi aprobación para ver si estaban bien captadas. Le dije que estaban bien, aunque en mi interior sabía que hubieran sido mejores si no estuviera medio encorvado jajajajaja. Claramente fue porque aquella parte de mi cuerpo seguía muy erguida.
Una vez vistas las fotos, me explayé con ese joven de unos 25 años sobre mi experiencia. La verdad tenía muchas ganas de compartir con alguien lo que estaba sintiendo. Estaba ahogado por la adrenalina. Mientras hablaba y explicaba que siempre había querido estar en Playa Luna, me fui calmando y ya esa parte de mi cuerpo que estaba tensa se relajó. Hablé unos 10 minutos con ese desconocido que se transformó en mi fotógrafo improvisado. Una de las cosas que me preguntó fue: “¿Y la experiencia fue lo que esperabas?” Obviamente le dije que era espectacular y que lamentaba sólo el que estuviese nublado. Me explicó que él venía de Viña del Mar y que era la cuarta vez que estaba. Se despidió, le agradecí su buena onda y se devolvió a su caminata.

ESPIAS EN LA PLAYA
La limpia y bella playa Luna

Tras la conversación con el joven de la camisa, regresé a mi toalla y el frío me invitó a ponerme nuevamente la camiseta. Me senté en la toalla y siempre semi desnudo recibí el llamado de mi pareja para que me apurara en volver a la cabaña pues había que dejarla a las 13 horas y ya casi eran las 12:00. Me quedé unos 15 minutos más así. Disfrutando cada segundo y un poco, procesando todo lo vivido. 
Mientras masticaba la experiencia mirando el mar, de improviso a mi derecha por la orilla diviso 3 figuras femeninas que se acercaban. Claramente una lideraba el grupo. Era una mujer alta y delgada con aires de lo que llamamos “Cuiquita”. Ya saben. Rubia ojos claros. Diría que sobrepasaba levemente los 46 años. De falda larga y ropas medio hipientas era acompañada por otras dos señoras medio regordetas. La que llamaré la “Cuiquita”, se acercaba con cierta cautela por la arena y hacía como que no me miraba. Pero mantenía un gesto en su boca como de sonrisa pícara. Pasó muy cerca de mí diría que a menos de un metro. Claramente era otra persona que venía por primera vez y había avivado a sus amigas a ir. Pero la sonrisa delataba su afán “fetichista” más que de una honesta vivencia de nudismo. En fin, no me importó en lo absoluto. Se sentaron hacia mi costado, casi a mi espalda a unos 30 metros, como escondidas. Se veían nerviosas. De reojo las miraba y como que intentaban actuar con naturalidad pero había ese aire a “actitud de estar espiando”. En fin. Si venían sólo a husmear me dio lo mismo.
 Lamentablemente ya debía dejar Playa Luna. Pero lo dejaría con actitud. Me puse de pie, aún sin mi ropa interior. Ordené mi mochila. Guardé mi toalla, y me la puse a la espalda. Tomé mis zapatillas y caminé con calma. Si querían ver que vieran. Caminé por la orilla del agua feliz de haber cumplido mi sueño y experiencia. Dirigí mis pasos desnudos hasta el límite de Playa Luna. De pronto pasó por mi costado un joven trotando. Me detuve, saqué mi ropa interior y shorts y me vestí con desgano y muy a mi disgusto dejé la playa. Un poco molesto por estar tan poco rato en ese bello lugar pero feliz de haber cumplido unas horas como nudista pero muy en mi interior con la promesa de volver en otra ocasión con más tiempo y con mejor clima en donde el sol no me falle y quizás, con la compañía de otros que compartan conmigo la bellísima experiencia de estar desnudos en la playa.
*Un pequeño video captado en el momento de mi visita y así conozcan la bella playa Luna.

jueves, marzo 20, 2014

El secreto para ser feliz


Hoy se celebra el día internacional de la felicidad. Podríamos decir a buenas y primeras que es un bien escaso. Pero pocas veces reflexionamos sobre lo barato que es experimentarla. Para nadie es un misterio la típica frase: “El dinero no hace la felicidad”. Por cierto que no. Aunque en ocasiones la felicidad se hace tan escasa como el dinero.

Puede ser una reflexión obvia y simple. ¿Qué necesitamos para ser felices? A mi modo de ver muy poco. Sólo mirar alrededor y si podemos hacer eso debiéramos ser felices. Sin embargo, el mundo que hemos construido muchas veces parece ser diseñado para ser infelices.

Creo para encontrar la felicidad es necesario ir en dirección opuesta. ¿Qué nos hace ser infelices? Quizás lo fundamental sería la falta de salud. Lo cierto es que una enfermedad a nadie lo hace feliz. La falta de dinero. En resumen no tener cubiertas las necesidades básicas. Techo, comida, salud, etcétera.

Todo en el mundo parece llevarnos a una constante depresión y ausencia de algo. La publicidad maneja nuestros impulsos para que necesitemos constantemente de ese “algo” que nos dará automáticamente la felicidad. Bebidas, artefactos, todos prometen entregar felicidad. El bien escaso.

Falso, para ser felices sólo basta reconocer algo muy simple pero trascendental a la vez. Estar vivos. Respirar, incluso el poder reflexionar sobre la alegría o felicidad debiera de ser suficiente. La vida es tan breve que no debiéramos perder segundos en ser infelices.

Propongo un ejercicio simple y directo para reconocer felicidad aunque sea por unos segundos. Pregúntense cómo es que milagrosamente estamos aquí. De pie, respirando como especie en un mundo lleno de maravillas. Al menos a mi me ocurre que cada vez que me pregunto y respondo esa pregunta me doy cuenta lo afortunado que soy, y en ese segundo, soy feliz. Las vidas. Todas son pequeños milagros, incluso aquellas que por distintos motivos buscan hacer infelices a otros.

Quizás sea sencillo para mí que hoy gozo de salud y de pocas necesidades, el reconocer lo simple que es ser felices. Intentarlo es simple. Respirar hondo y decir: Soy feliz.

Por eso este mensaje absurdo es necesario. Vivir la vida, gozarla y de alguna manera ser egoístas y el pensar sólo en nuestra felicidad debe ser nuestra prioridad en la vida. Pero hemos sido construidos por convenciones que nos llevan a ser infelices. Por dogmas, culpas. La culpa claramente es otra zancadilla a nuestro camino a la felicidad, la que realmente está ahí en nuestra nariz para tomarla y apreciarla.


viernes, diciembre 27, 2013

La espera

 


Hace varios días, diría meses que en mi cabeza escucho la palabra espera. Sí, aquella acción de aguardar por algo. Esperar. El concepto aparece de pronto, en medio de mi rutina de ejercicios, en medio de mi trabajo, en medio de mis momentos con la familia. Ahí aparece: Esperar.

¿Esperar qué?

Es que tanto ha resonado aquella palabra en mi cabeza que ya me doy cuenta del mensaje. La vida se me ha transformado y quizás la de muchos, en una constante espera. Como una sala… de espera, de un hospital o de un consultorio o del dentista.

Eso es, si lo pensamos con detención, la vida realmente se constituye de pequeñas esperas. Estaciones que finalmente constituyen tu paso por la vida. Puede sonar tan absurdo y básico mi intento por desentrañar el objetivo de mi propio cometido que necesitaba anotarlo y compartirlo. Comprendido o no. Da igual. La espera está ahí. Para todos.

En primer lugar, naces con todas las esperas aguardando. Ahí lo hacen por ti. Principalmente tu madre. Naces y esperan lo mejor de ti. ¿Qué será? Niño o niña. Las madres se refieren al embarazo como a “esa maravillosa espera”. Cuando hablan de ello lo hacen más evidente: “cuando estaba esperando a…”.

Luego, aprendes a caminar y esperan que vayas al colegio. Y ahí comienzas a esperar tú. Por una calificación, por ser promovido de curso o de grado.

Después, el amor. Esperas el ser correspondido. La adolescencia es una espera terrible. Por ser aceptado, Esperas ser tan guapa o guapo como tus amigas o amigos, que los granos desaparezcan. Esperas ser tan “cool”. Tus aficiones, tus gustos, esperan por ti. En eso se construye tu personalidad. Luego que tus padres te comprendan y esperas, ser independiente o que tus padres cambien. Según la relación que hayas vivido con ellos en esa sala de espera llamada, adolescencia. En fin.

Más tarde, aguardas por terminar tu carrera. Por construir tu vida, por un sueldo cada mes, por la casa propia, por terminar de pagarla, los hijos, esperas, esperas, esperas, esperas, esperas. ¿Para qué?

Año a año, día a día. Esperas no envejecer tanto. Tener a tus padres más contigo. Más tarde, los nietos y finalmente, y no en pocas ocasiones, he oído a los adultos mayores esperar la muerte. Aquel día en que las esperas culminan y ya has pasado todas las salas. Quizás se cansen de tantas estaciones, de las filas, del turno que cada uno ha jugado, de la elección de caminos, correctos o no. Triste. Aunque en algunas ocasiones son más afortunadas y felices, y esperan vivir más.

Cómo romper aquella maldita línea de esperas, salir del laberinto. Quizás la salida sea más simple. Sólo olvidar y dejar pasar… y no ser tan consciente del proceso. A eso le llaman “vivir la vida”. Lo curioso es que realmente odio esperar.

viernes, julio 12, 2013

Chile a medias, esa característica tan nacional


Jurel tipo salmón. Ni chicha ni limonada, entre Tongoy y Los Vilos y así  hay un sin número de dichos populares que grafican algo tan chileno que a veces ni lo vemos. Nuestra capacidad ilimitada de hacer las cosas a medias. Sí y aunque nos intenten vestir con ropas de un país al borde del desarrollo siempre caemos en el chilenismo de hacer las cosas bajo la ley del “más o menos”.

A propósito del día del periodista que ayer se celebró. Precisamente es el periodismo de investigación quien nuevamente ha destacado esa mala costumbre tan nacional. Es el caso de los productos que prometen ser algo y finalmente sólo se quedan en la etiqueta, porque verdaderamente su contenido es otro. Incluso atentando contra la salud de miles de chilenos. Claro, porque el aceite de oliva de ciertas marcas no era tan sano, algunos yogurt tampoco lo son y quizás cuantos productos que vemos tan seductores no son realmente lo que son. La alarma ya había sonado antes con las bebidas colas y los cereales. Muchos tan cargados de azúcar que eran tan nocivos como comer azúcar directo de una bolsa. Mi teoría es que es un tema casi de idiosincrasia chilensis, que se lleva tan dentro del corazón nacional que se ejecuta en una innumerable lista de ejemplos.



                Un ejemplo terrible es lo ocurrido tras el terremoto del 2010. Edificios tan seguros y donde la gente se suponía viviría feliz fueron destruidos en un 2 por 3. Las investigaciones demostraron que era por una falta atroz a las medidas de seguridad impuestas por la ley de construcciones, que el propio estado chileno ha establecido en un país eminentemente sísmico y que por cierto, empresarios de la construcción no dudaron en no respetarlas y dejarlo “a medias”.

                También recuerdo  lo sucedido hace unos años con los suplementos alimenticios para enfermos crónicos y que se vendía a altos costos en farmacias y que finalmente terminó matando a muchos chilenos que confiando en esos productos, lo adquirían y finalmente lo que terminaban haciendo de manera indirecta, era asesinar a sus familiares al darles el suplemento con fallas. Terrible.

                “Chile a medias”. Un país caracterizado por esta mala costumbre de nunca hacer las cosas bien. Es como que nos cansamos en medio de la tarea por hacer lo correcto. Otro ejemplo es nuestra consabida impuntualidad. Quienes organizamos eventos o actividades sabemos que hay que hacer las convocatorias una hora antes de la hora en que verdaderamente inicia el evento, porque se sabe que si se invita a la hora justa todos llegan una hora tarde. Y si se hace puntualmente todos reclaman.

                El “Chile a medias” también se puede llevar a la política. Se hacen anuncios rimbombantes con las mejores intenciones, pero si se lee profundamente se sabe que finalmente es sólo el titular. El cambio al binominal es finalmente sólo un aviso publicitario. En fin, tantos ejemplos. El caso del “Transantiago” que se anunciaba con tantas pompas de mejoras y finalmente para los santiaguinos fue una tortura. Luego se supo que el sistema fue copiado de otras naciones y aplicado a medias en nuestro país.



                Y sigo sumando ejemplos. El caso de la clase política que también es a la chilena. Los que antes tuvieron cargos importantes y no cumplieron con objetivos anhelados por la mayoría hoy con el afán de volver a esos cargos actualmente prometen sonrientes cumplirlos. Alguien dijo “mismos perros con distintos collares”.

En la justicia el tema se repite. El sistema lleva a empresas al banquillo de los acusados por estar coludidas en precios y para castigarlos ejemplificadoramente los manda, entre otras penas, a clases de ética. ¿Qué es eso? “Chile a medias”. En el mismo ámbito, se planificó y aplicó una reforma procesal penal y con el paso de los años aquellas promesas de rapidez y transparencia no se aplican. Fiscales atiborrados de casos, supuestamente mal pagados y con poco personal. “Chile a medias”.

En fin, la lista no termina y probablemente usted tenga muchos más ejemplos. Es que quizás nunca escapemos de esa mala costumbre de no hacer las cosas correctamente. Probablemente por eso siempre estemos en el ranking de los países aspiracionales que pretenden ser desarrollados pero faltan aquellos aspectos básicos que nos hacen la zancadilla o más bien nos hacemos la autozancadilla (que es peor) para no lograr ser de primer mundo y sólo somos “Chile a medias”.